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Vine por los sanguchitos: sobre lo ridículo y lo sagrado en los documentales deportivos

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Sep 19, 2025
  • 5 min read





1. Empezar con desgano



Confieso algo: cuando me crucé con el documental de los Florida Gators, lo hice con la misma actitud del personaje de Martín Piroyansky en su corto: “no, vine por los sanguchitos”. Esa frase resume a la perfección una mezcla de ironía y distancia. Una manera de protegerme de entrada, de decir: “estoy acá, pero no me lo voy a tomar muy en serio”.


Esa actitud inicial —desgano, sarcasmo, un poco de vergüenza de admitir que tal vez me importaba— terminó siendo un excelente ejercicio de lo que Jerome Bruner llamaba etnometodología: mirar cómo otros construyen sentido, aunque sea a través de un juego que me parece extraño. No se trataba de “convertirme” en hincha del fútbol americano, sino de observar qué hacía esa comunidad con su deporte, cómo organizaba valores, identidades y rituales a su alrededor.


Lo interesante es que lo que empieza con desinterés irónico termina, si uno se queda el tiempo suficiente, en otra cosa: un reconocimiento de lo que hay de humano en cualquier práctica, incluso en las que parecen ridículas.





2. Una fórmula que conocemos de memoria



El documental de los Gators no inventa nada nuevo: sigue al pie de la letra la fórmula de los documentales de equipos exitosos. La estructura es familiar para cualquiera que haya visto The Last Dance sobre Michael Jordan, o alguna de las temporadas de All or Nothing sobre equipos de fútbol europeo, o incluso Apache, la serie sobre la vida de Carlos Tevez.


La lógica es clara: mostrar el ascenso, introducir las tensiones internas, narrar las caídas dolorosas y cerrar con una redención, a veces parcial, a veces gloriosa. Joseph Campbell lo explicó en El héroe de las mil caras: todo relato atrapante necesita un viaje, con pruebas, derrotas y retorno. Y Robert McKee lo tradujo a guion cinematográfico: “una historia no es lo que pasa, sino lo que significa lo que pasa”.


Por eso estos documentales son de fácil digestión. Aunque uno no entienda las reglas del fútbol americano, sabe leer el arco narrativo. Es casi automático: empezamos con cierta distancia y terminamos, inevitablemente, enganchados.





3. Lo que queda después de la épica



Entre tanto montaje épico, lo que de verdad se queda grabado no son las jugadas espectaculares, sino los momentos de fractura. Jugadores sancionados por mala conducta. Entrenadores desbordados. Lágrimas inesperadas en cámara.


Bruner (2003) subrayaba que los relatos no buscan copiar la realidad sino darle coherencia cultural. Y en estas historias, la coherencia no surge de mostrar victorias ininterrumpidas, sino de integrar la vulnerabilidad en el corazón mismo de la épica. La grandeza necesita de la fragilidad para ser creíble.


Ahí, en esas escenas, lo que parecía ajeno se vuelve cercano. Uno empieza mirando con ironía —“vine por los sanguchitos”— y termina reconociendo la misma mezcla de miedo y deseo que lo atraviesa a uno mismo en cualquier proyecto que importa.





4. Defusión: cuando la mente pierde poder



En términos de ACT (Acceptance and Commitment Therapy), este proceso se llama defusión cognitiva. Stephen Hayes lo explica así: “el objetivo no es eliminar pensamientos dolorosos, sino cambiar la relación que tenemos con ellos” (Hayes, Strosahl & Wilson, 2012).


El pensamiento inicial —“esto no es fútbol, no es lo mío”— no desaparece. Pero deja de ser dueño absoluto de la escena. Se convierte en un subtítulo mental, una opinión pasajera. En ese espacio aparece la flexibilidad psicológica: la posibilidad de elegir seguir mirando y aprendiendo, sin que la primera reacción marque el rumbo.


El documental, sin proponérselo, se vuelve entonces una práctica de ACT en la vida cotidiana: observar la mente en acción, notar su ironía protectora, y no dejarse arrastrar del todo por ella.





5. “Vine por los sanguchitos”: ironía como estrategia de cuidado



La frase de Piroyansky sirve acá como metáfora. Decir “vine por los sanguchitos” es un modo de reírse de lo propio, de disfrazar la vulnerabilidad con sarcasmo. En el fondo, lo que late es otra cosa: el deseo de estar ahí, de que esto importe, de que tenga sentido.


La ironía funciona como armadura emocional. Es la forma de hablarle a la vida cuando mostrar el dolor de frente resulta demasiado. Un manejo un poco agresivo del sufrimiento propio, pero también un pedido encubierto: “no me obligues a solemnizar esto, pero tampoco ignores que para mí es importante”.


Kristin Neff (2011) diría que la autocompasión implica reconocer el sufrimiento, entenderlo como parte de lo humano y tratarnos con amabilidad. Y a veces la ironía es la puerta de entrada: no niega la fragilidad, la expone de costado, con humor.





6. Reírse lo justo y necesario



La clave está en la medida. Reírse solo lo suficiente como para no quedar paralizado, pero sin destruir lo sagrado que hay en juego. Como quien acaricia un objeto frágil con humor para poder sostenerlo sin que tiemble la mano.


Hayes (2019) lo formula con precisión: “cuando logramos reírnos de nuestra mente, nos liberamos un poco de su tiranía”. La risa no le quita peso a lo sagrado: lo protege de volverse solemne hasta la rigidez. Y al hacerlo, nos habilita a seguir en movimiento.


En este sentido, decir “vine por los sanguchitos” es, paradójicamente, una expresión de amor. Un amor que se permite la ironía para que el compromiso no se vuelva asfixiante.





7. Lo ridículo y lo sagrado



Al final, el documental de los Gators devuelve siempre a la misma paradoja: desde afuera, todo parece ridículo —empujar una pelota ovalada, entrenar hasta la extenuación, llorar por una derrota deportiva—. Desde adentro, todo se vuelve sagrado: porque concentra disciplina, identidad, entrega, amor.


Lo mismo vale para nuestras vidas: criar un hijo, sostener una pareja, escribir un libro, acompañar a un paciente. Desde lejos, cualquiera podría decir que son esfuerzos desmedidos; desde adentro, son lo que nos da sentido.


Aceptar esta dualidad es la práctica cotidiana de ACT y la autocompasión: vivir lo que importa, sabiendo que siempre va a ser a la vez ridículo y profundamente valioso.





8. Cierre



La etnometodología de Bruner nos recuerda que mirar lo ajeno es un modo de aprender sobre lo propio. McKee explica por qué esas narrativas nos atrapan aunque no sepamos nada del deporte. Hayes nos enseña a no quedar atrapados en los pensamientos que nos limitan, y Neff nos invita a tratarnos con ternura en nuestra fragilidad.


Y en el medio, un chiste porteño —“vine por los sanguchitos”— se convierte en metáfora vital: una ironía que cuida, un modo de decirle a la vida “sé que esto es sagrado, y justamente por eso necesito poder reírme un poco, solo lo suficiente, para no quedarme paralizado”.





Referencias



  • Bruner, J. (1990). Acts of Meaning. Harvard University Press.

  • Bruner, J. (2003). Making Stories: Law, Literature, Life. Harvard University Press.

  • Campbell, J. (1949). The Hero with a Thousand Faces. Princeton University Press.

  • Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and Commitment Therapy: The Process and Practice of Mindful Change (2nd ed.). Guilford Press.

  • Hayes, S. C. (2019). A Liberated Mind: How to Pivot Toward What Matters. Avery.

  • McKee, R. (1997). Story: Substance, Structure, Style and the Principles of Screenwriting. HarperCollins.

  • Neff, K. (2011). Self-Compassion: The Proven Power of Being Kind to Yourself. William Morrow.




 
 
 

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