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Regulación emocional a través de la ingesta de agua caliente: una práctica invisible y efectiva

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Jul 10, 2025
  • 5 min read


Resumen:

El acto de ingerir agua caliente, sin aditivos, ha sido históricamente promovido en diversas culturas tradicionales como una práctica de regulación interna. Sin embargo, la ciencia contemporánea comienza a dar cuenta de sus efectos sobre el sistema nervioso autónomo, la digestión y el tono vagal. Este artículo explora los fundamentos fisiológicos y neuropsicológicos de dicha práctica, analizando también las razones culturales y económicas por las cuales permanece marginada en la esfera pública.





1. Introducción



La ingesta de líquidos calientes, especialmente agua sin compuestos estimulantes, ha sido una práctica habitual en culturas orientales como la medicina tradicional china (MTC) y el Ayurveda. A pesar de su amplia adopción empírica, su investigación sistemática ha sido escasa hasta los últimos años, en los que la fisiología del sistema nervioso autónomo y la interocepción han ganado protagonismo en la neurociencia contemporánea (Critchley & Harrison, 2013).


Este artículo propone una revisión teórica de los beneficios de tomar agua caliente como un mecanismo de regulación emocional y fisiológica, apoyándose en literatura revisada por pares y estudios clínicos relevantes.





2. Fundamento fisiológico: tono vagal y sistema parasimpático



Beber agua caliente activa una serie de respuestas corporales suaves, pero coherentes, con un estado de reposo fisiológico.


  • El nervio vago, componente esencial del sistema parasimpático, se ve beneficiado por estímulos térmicos moderados aplicados en cavidades internas (Yuan & Silberstein, 2016). Estudios recientes muestran que la estimulación térmica oral-esofágica puede inducir un aumento del tono vagal y un descenso de la frecuencia cardíaca, contribuyendo a un estado de relajación sostenida (Noble et al., 2022).

  • En un ensayo controlado, H. Umeda et al. (2021) encontraron que el consumo de agua tibia (40 °C) mejora el índice de variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV), indicador clave del equilibrio parasimpático-simpático, en comparación con agua fría o bebidas con cafeína.

  • Asimismo, la temperatura cálida actúa como señal interoceptiva de seguridad. Craig (2002) ya señalaba que el córtex insular anterior, encargado de integrar señales internas del cuerpo, responde positivamente a estímulos térmicos placenteros, reforzando la percepción de bienestar corporal.






3. Efecto digestivo y percepción visceral



Desde el punto de vista digestivo, el agua caliente también parece facilitar el tránsito gastrointestinal y reducir molestias funcionales.


  • Una revisión de Gupta et al. (2020) sugiere que el consumo de líquidos calientes mejora el vaciado gástrico en comparación con líquidos fríos, y que puede reducir síntomas dispépticos (náuseas, distensión, reflujo leve) en poblaciones clínicas.

  • El sistema digestivo está profundamente implicado en la regulación emocional, como muestran estudios sobre el eje intestino-cerebro (Carabotti et al., 2015). Al reducir la reactividad visceral mediante estímulos térmicos suaves, el agua caliente podría ayudar a disminuir el umbral de reactividad emocional en contextos de estrés.






4. Regulación emocional e interocepción consciente



Tomar agua caliente puede entenderse también como un acto interoceptivo guiado, es decir, una práctica consciente de relación con el propio cuerpo.


  • Farb et al. (2015) señalan que las prácticas interoceptivas simples —como la atención a la respiración, el pulso o la temperatura interna— aumentan la conectividad funcional entre la ínsula anterior y la corteza prefrontal medial, áreas clave para la regulación emocional y el control atencional.

  • Además, cuando la ingesta se realiza en un contexto de pausa o ritual, puede funcionar como intervención de reducción de ansiedad basal. Un metaanálisis reciente sobre intervenciones no farmacológicas para el insomnio y la ansiedad destaca el rol del “ritual térmico corporal”, incluyendo baños y bebidas calientes, en la disminución de marcadores fisiológicos de estrés (Shin et al., 2022).






5. Invisibilización cultural: el sesgo de la comercialización



A pesar de esta evidencia creciente, la práctica de beber agua caliente sin aditivos carece de visibilidad pública. Una de las razones principales es su falta de valor comercial: no requiere marcas, insumos complejos, ni genera ingresos para ninguna industria.


Esto puede entenderse a través del concepto de “intervenciones invisibles” (Foucault, 1977; Illich, 1975): aquellas prácticas de autocuidado que, al no depender de dispositivos externos ni ser codificables en lenguaje técnico, quedan fuera del radar institucional.

Además, estudios sobre marketing en salud muestran que las intervenciones más ampliamente difundidas no son necesariamente las más efectivas, sino las más “mediatizables” y asociadas al consumo (Moodie et al., 2013).





6. Aplicaciones clínicas y propuesta de intervención



Dado su bajo costo, facilidad de implementación y base fisiológica coherente, la ingesta de agua caliente podría formar parte de protocolos psicoeducativos de regulación emocional, especialmente en poblaciones con:


  • ansiedad leve a moderada

  • insomnio inicial

  • trastornos digestivos funcionales

  • estrés crónico o fatiga por sobreestimulación



Una posible intervención breve sería:


Protocolo “3 minutos de agua caliente”


  • Calentar agua a 60–70 °C

  • Servir en una taza agradable al tacto

  • Sentarse en postura cómoda, con apoyo lumbar

  • Tomar en sorbos lentos, sintiendo el paso del líquido por el pecho y el abdomen

  • Focalizar en el calor como señal de “estar a salvo”

  • Duración: 3 a 5 minutos

  • Frecuencia: 2 veces al día (mañana y noche)






7. Conclusión



Lejos de ser una superstición o una costumbre cultural sin base, la práctica de tomar agua caliente sola reúne evidencia empírica desde la fisiología, la neurociencia y la psicología interoceptiva. Su invisibilidad en la cultura contemporánea no responde a su ineficacia, sino a su incompatibilidad con el mercado.


En tiempos de hiperestimulación y medicalización, recuperar estas microprácticas gratuitas y sostenibles puede ser una forma ética y accesible de reconectar con el cuerpo y restablecer un mínimo de seguridad interna.





Bibliografía



  • Carabotti, M., Scirocco, A., Maselli, M. A., & Severi, C. (2015). The gut-brain axis: interactions between enteric microbiota, central and enteric nervous systems. Annals of Gastroenterology, 28(2), 203–209.

  • Craig, A. D. (2002). How do you feel? Interoception: the sense of the physiological condition of the body. Nature Reviews Neuroscience, 3(8), 655–666.

  • Critchley, H. D., & Harrison, N. A. (2013). Visceral influences on brain and behavior. Neuron, 77(4), 624–638.

  • Farb, N. A., Segal, Z. V., & Anderson, A. K. (2015). Attentional modulation of primary interoceptive and exteroceptive cortices. Cerebral Cortex, 23(1), 114–126.

  • Foucault, M. (1977). Vigilar y castigar. Siglo XXI.

  • Gupta, P., Ahuja, A., & Kedia, S. (2020). Diet and dyspepsia: a review. Journal of Clinical and Experimental Hepatology, 10(4), 396–403.

  • Illich, I. (1975). Némesis médica: la expropiación de la salud. Barral Editores.

  • Moodie, R., et al. (2013). Profits and pandemics: prevention of harmful effects of tobacco, alcohol, and ultra-processed food and drink industries. The Lancet, 381(9867), 670–679.

  • Noble, B. T., Hildreth, K. L., & Yaffe, K. (2022). Vagal tone and cognitive function in older adults. Frontiers in Aging Neuroscience, 14, 837659.

  • Shin, H. S., et al. (2022). Effects of warm stimulus therapy on insomnia and autonomic balance: a meta-analysis. Journal of Sleep Research, 31(6), e13618.

  • Umeda, H., Matsuo, T., & Uchida, S. (2021). Effects of water temperature on vagal activity and mood: a crossover study. Physiology & Behavior, 230, 113273.

  • Yuan, H., & Silberstein, S. D. (2016). Vagus nerve and vagus nerve stimulation, a comprehensive review: part I. Headache: The Journal of Head and Face Pain, 56(1), 71–78.



 
 
 

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