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Quitar las cadenas: entre Pinel, Quirón y el Mago

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Aug 30, 2025
  • 3 min read

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En los pasillos húmedos del hospital Bicêtre, en París, a fines del siglo XVIII, quedó grabada una escena que, cierta o mítica, marcaría un antes y un después: Philippe Pinel, médico ilustrado, ordena quitar las cadenas a los pacientes considerados “locos” que vivían como prisioneros. No sabemos con exactitud si la escena ocurrió tal cual, pero lo que importa es lo que simbolizó: el comienzo de un trato más humano, la idea de que la locura no era pecado ni crimen, sino sufrimiento humano que merecía cuidado. Desde entonces, la psiquiatría moderna heredó esa imagen fundacional: el terapeuta como aquel que libera al otro de sus cadenas.


Ese gesto heroico encendió una fantasía que todavía resuena en muchos profesionales de la salud mental. Más allá de protocolos, diagnósticos y técnicas, hay una voz interna que susurra: tu tarea es liberar. Ayudar al otro a romper los grilletes invisibles de la depresión, del trauma, del mandato familiar o de la adicción. En cada sesión, el eco de Pinel persiste como mito: el clínico que quita cadenas.


Pero esta figura no se sostiene sola. Está enraizada en un arquetipo más antiguo: el del sanador herido. Quirón, el centauro de la mitología griega, herido por una flecha envenenada, nunca pudo curarse a sí mismo. Y, sin embargo, fue maestro de héroes, el más sabio de los sanadores. En la tradición chamánica, el curandero muchas veces es alguien que atravesó enfermedad o locura y regresa de ese trance con un don. En la clínica moderna, no son pocos los terapeutas que llegan a la profesión atravesados por su propia herida: depresión, pérdidas, duelos, fragilidades que, transformadas, se vuelven brújula empática. El terapeuta cura desde su herida, y por eso entiende.


La modernidad, sin embargo, no dejó el asunto en el mito. Pinel, Esquirol, Freud, Janet, Charcot insertaron este arquetipo en la empresa científica. El sanador ya no era chamán ni sacerdote, sino médico y luego psicólogo: alguien que observaba, clasificaba, diagnosticaba, trataba. La ciencia dio legitimidad, pero también impuso límites. El hospital y el laboratorio reemplazaron al bosque y al templo. El mismo gesto que quitaba cadenas podía, al mismo tiempo, volver a encadenar bajo nuevas formas: protocolos coercitivos, medicalización excesiva, diagnósticos que etiquetan más de lo que liberan. Como advirtió Foucault, en nombre de la razón también se ejerció control.


Así, el terapeuta contemporáneo vive en tensión: entre la voz del sanador herido, que lo conecta con la vulnerabilidad compartida, y la voz de la empresa científica, que le exige rigor, estadísticas y resultados. La fantasía de liberar sigue viva, pero convive con la conciencia de que también podemos encadenar de otros modos.


Frente a esa tensión, aparece un tercer pilar: el arte y la magia. Si Pinel simboliza la razón ilustrada y Quirón la herida transformada en poder, el Mago representa la capacidad de crear y transformar lo dado. En el tarot, el Mago muestra que todo lo necesario ya está sobre la mesa: las herramientas están ahí, en nosotros mismos. El mago no es un ilusionista que engaña, sino un recordatorio de que la magia —la posibilidad de transformar lo real— habita en cada uno. Y esa magia tiene un nombre: amor.


El arte, entonces, funciona como puente. Donde la ciencia clasifica, el arte abre; donde el diagnóstico ordena, la poesía conmueve; donde la técnica estabiliza, la pintura, la música o la danza devuelven aire. Muchos pacientes —y también muchos terapeutas— encontraron más liberación en un poema, en una canción o en una práctica creativa que en un manual de diagnóstico. El amor y la imaginación, como fuerzas terapéuticas, son la magia que nunca se extinguió.


Podríamos decir que la clínica contemporánea se sostiene sobre tres columnas:


  • La herida de Quirón, que nos recuerda que sanamos desde nuestra propia fragilidad.

  • La razón de Pinel, que nos ofrece ciencia, método y cuidado institucional.

  • La magia del Mago, que nos devuelve el arte, la creatividad y el amor como motores de transformación.



Entre esas tres dimensiones se juega el encuentro terapéutico. Ni puramente técnico ni puramente místico: un espacio humano donde las cadenas visibles e invisibles se aflojan, no porque alguien traiga la llave, sino porque dos personas, al encontrarse, recuerdan que la libertad siempre estuvo, en parte, adentro.



 
 
 

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