
Nada que hacer, nadie quien ser: el Sabbath y el domingo como días de conexión con lo posible
- Marcelo Gallo
- Aug 10, 2025
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Introducción
La institución del día de descanso es una de las más antiguas y transversales de la humanidad.
Aunque su forma y significado varían según las culturas, comparte un núcleo común: la interrupción deliberada de la producción y de los roles sociales para abrir un espacio distinto en el tiempo. En el judaísmo, el Shabbat es definido por Abraham Joshua Heschel como “un santuario en el tiempo” (Heschel, 1951), un intervalo sagrado en el que se suspende la lógica de la utilidad y se honra lo que no tiene precio. En el cristianismo, el domingo heredó en parte este sentido, y en otras culturas como la musulmana (yawm al-jumʿa) o en los ciclos agrícolas ancestrales, los días de pausa respondían a la misma necesidad: recuperar un ritmo humano en medio del flujo incesante de obligaciones.
1. La raíz espiritual y antropológica
En la tradición hebrea, el Shabbat no es solamente un mandamiento, sino un acto de imitación divina: “En seis días hizo Yahvé los cielos y la tierra, y en el séptimo descansó” (Éxodo 20:11). Este “descanso” (menujá) no se refiere a cesar por agotamiento, sino a habitar la completitud. Mircea Eliade (1957) interpreta estas pausas rituales como retornos simbólicos al tiempo mítico, una restauración del orden cósmico.
Antropológicamente, los días de reposo operan como discontinuidades programadas en la trama social, donde las jerarquías, las tareas y las demandas se relativizan. Silvia Español (2016) destaca que, en las comunidades preindustriales, estas pausas eran momentos privilegiados para fortalecer vínculos horizontales y reconfigurar narrativas colectivas.
2. La mirada psicológica y neurocientífica
Desde la psicología contemporánea, estos espacios de “nada que hacer” cumplen funciones críticas para la regulación emocional y la plasticidad cognitiva. La alternancia entre períodos de actividad dirigida y reposo sin objetivo está alineada con el funcionamiento del sistema nervioso autónomo: del predominio simpático al parasimpático (Porges, 2011).
Neurocientíficamente, al suspender las tareas externas, el cerebro activa con mayor fuerza la red neuronal por defecto (default mode network), implicada en procesos de autorreferencia, creatividad y construcción de sentido (Raichle, 2015). Este cambio no es mero ocio: es un estado en el que el yo no está subordinado a la urgencia, sino abierto a la integración de experiencias dispersas. Estudios recientes (Immordino-Yang et al., 2012) muestran que el tiempo no estructurado favorece la consolidación de memoria autobiográfica y el procesamiento profundo de emociones.
3. La vivencia humana de no-ser
“Nada que hacer, nadie quien ser” sintetiza la dimensión más radical del descanso ritual: la suspensión temporal de la identidad performativa. No es simplemente no trabajar; es no ser evaluado, no representar un rol. Byung-Chul Han (2010) advierte que, en la “sociedad del rendimiento”, incluso el ocio ha sido colonizado por la lógica de la productividad —fitness, hobbies, autoformación—. El Shabbat y su equivalente en otras tradiciones resisten esta colonización al prohibir explícitamente actividades que puedan reconducirnos al circuito del logro.
Este vacío aparente tiene un efecto paradójico: al dejar de sostener nuestras máscaras, se activa la posibilidad de percibirnos desde otro ángulo. Es un tiempo liminal, en el sentido de Victor Turner (1969), donde la persona queda “entre” identidades, disponible para transformaciones sutiles o profundas.
Conclusión
La pausa sagrada, sea Shabbat, domingo, yawm al-jumʿa o cualquier forma culturalmente establecida, no es una reliquia de tiempos preindustriales, sino un mecanismo profundamente adaptativo. Nos recuerda que el tiempo humano no puede ser una línea continua de producción, sino una secuencia de pulsos: actuar y detenerse, construir y habitar.
En un mundo que confunde constantemente hacer con ser, recuperar un día para no hacer nada y no ser nadie no es escapismo, sino una práctica de higiene mental y espiritual. Allí, en ese intersticio, se abre lo posible: lo que no puede planearse, pero que solo llega cuando dejamos espacio para que aparezca.

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