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La Rendición (Cuento coral en cuatro actos)

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Aug 10, 2025
  • 4 min read






A nadie le enseñan a rendirse. Es una destreza que se aprende en silencio, como quien aprende a fingir que ama o a soportar el dolor sin hacer ruido. Hay quienes se rinden en la cama, otros en la oficina, otros frente a una pantalla.

Rodrigo, Lara, Mateo y el Rata no se conocieron jamás, ni vivieron en la misma ciudad ni en el mismo tiempo. Y sin embargo, todos respondieron a la misma llamada: ese susurro que dice que la vida debería ser otra cosa, más suave, más brillante, menos cruel.


No fue el destino el que los unió, sino una época.

Una época donde cada uno debía construirse a sí mismo como si fuera una marca, y venderse todos los días al mejor postor.

Donde hasta el dolor debía monetizarse.

Y rendirse era tan invisible como inevitable.





Rodrigo, o la educación del triunfador



Rodrigo había aprendido desde muy joven a leer los signos de prestigio: los relojes pulidos, las palabras anglosajonas que los ejecutivos pronunciaban como oraciones, las sonrisas contenidas en almuerzos de negocios.

Había estudiado Contaduría por sentido común, no por vocación. Se había casado por decencia, se había divorciado por agotamiento, y vivía en un departamento de Recoleta cuya hipoteca lo perseguía como una culpa silenciosa.


Lo conoció por un amigo: “Tenés que venir. No es una estafa, es un cambio de mentalidad”, le dijo.

Fue al evento con escepticismo, pero lo que encontró allí —esa energía de culto disfrazado de coaching, esas palabras pronunciadas como si fueran llaves a una bóveda invisible— lo sacudió.

Por primera vez en años, sintió que alguien le hablaba al Rodrigo oculto, al que soñaba con no rendir cuentas a nadie.


Invirtió. Al principio, poco. Luego más. Luego todo.

Y mientras su dinero se esfumaba en billeteras digitales con nombres en inglés, Rodrigo empezó a hablar con un tono distinto.

Ya no explicaba: proclamaba.

Decía que estaba en otro nivel de vibración. Que el dinero era una frecuencia, y que la duda era pobreza disfrazada.


Un día su hija adolescente lo enfrentó. “Papá, ¿te das cuenta de que estás estafando gente?”.

Rodrigo no respondió. Se limitó a ajustar el nudo de su corbata y a mirar por la ventana, como si buscara fuera de sí mismo una respuesta que ya no podía dar.





Lara, o la embriaguez sin fin



En la juventud de Lara, el sábado había dejado de ser un día: era un continente.

Vivía para la noche, para la pista, para los parlantes que vomitaban beats como si fueran mantras paganos.

No necesitaba amor ni familia. Solo luces, volumen y ese oleaje de cuerpos que la acariciaban sin preguntar.


Había estudiado turismo, pero nunca ejerció.

Prefería decir que era “freelancer” o “comunicadora de experiencias”, una fórmula ambigua que servía para justificar su libertad y sus ausencias.


Los años pasaron, y el cuerpo empezó a mostrar síntomas.

Ya no dormía, ya no comía.

La risa se volvió mecánica, los abrazos, estratégicos.

El placer era un recuerdo, pero no importaba: tenía el hábito, y el hábito la sostenía como una prótesis emocional.


Una madrugada cualquiera, después de un after que terminó en una pileta vacía, Lara se sentó a los pies de la cama, con los pies mojados y la mirada hueca.

Sintió que algo en ella se había evaporado, como una parte de sí que ya no estaba y que, sin embargo, nadie parecía notar.

La fiesta había seguido sin ella. Y ella también había seguido, pero vacía.





Mateo, o el jugador jugado



Tenía trece años y una mirada limpia, aunque tímida. Vivía en un barrio de clase media con su madre, y pasaba las tardes entre videojuegos y deberes escolares.

Era un chico normal. Demasiado normal, tal vez.

De esos que no hacen ruido.

De esos que duelen sin mostrarlo.


Un compañero del colegio le pasó un link: una casa de apuestas online con interfaz colorida y promesas instantáneas. “Te registrás y te dan 500 de bienvenida”, le dijo.

Mateo no entendía del todo. Pero entendía que ganar plata sin hacer nada tenía algo de mágico.


Jugó. Ganó. Perdió. Volvió a jugar.

El corazón se le aceleraba de un modo que ningún partido de fútbol ni videojuego lograba.

Y esa sensación —ese vértigo luminoso— lo arrastró con la misma intensidad que lo desgastó.


Empezó a mentir. A pedir plata para cosas que no existían.

A quedarse despierto hasta la madrugada, solo para sentir que algo lo tocaba, aunque fuera el miedo.


Un día, su madre lo encontró dormido con el celular encendido, la cuenta en cero, y los ojos abiertos aunque cerrados.

No lo despertó. Solo le acarició la cabeza.

Y en ese gesto, Mateo sintió algo más terrible que el castigo: la compasión.





El Rata, o la fuga hacia ninguna parte



No era su nombre real.

Pero nadie lo llamaba de otro modo, ni siquiera su madre.

Había nacido en un barrio donde los días se parecen demasiado entre sí y donde el futuro es un lujo que se pronuncia en tercera persona.


Probó la pasta base antes que el primer beso.

Aprendió a correr antes que a escribir bien.

Y descubrió que la droga no solo anestesiaba el cuerpo: también lo justificaba.


Los vecinos le tenían miedo. Algunos, lástima.

Él no sentía nada.

Solo esa necesidad de seguir, de consumir, de desaparecer sin morirse.


Había perdido el pudor, la memoria y el nombre.

Un día, en un centro de salud donde lo llevaron inconsciente, le preguntaron si quería rehabilitación.

Él respondió que sí. Pero no porque creyera en algo.

Sino porque estaba cansado de caerse sin nadie que lo viera.





Coda



Cuatro historias. Cuatro caminos hacia el abismo.

No hay catarsis. No hay redención.

Solo la posibilidad, remota pero real, de mirar el fondo desde arriba y decidir no bajar más.


Rodrigo dejó de hablar de criptomonedas. Ahora cuida plantas.

Lara se mudó a un pueblo costero donde nadie la conoce.

Mateo escribe poemas en un cuaderno que nadie ha leído.

Y el Rata sigue en tratamiento. A veces recae. A veces no. Pero ya no está solo.


Y quizás eso sea rendirse de otra manera.

No ante el sistema, no ante la droga, no ante la noche.

Sino ante uno mismo, en el acto más radical de todos: aceptar que duele, pero seguir igual.




 
 
 

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© 2025 by Marcelo Gallo de Urioste, Licenciado en Psicología. 

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