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Homo Narrativus: historias alrededor del fuego bajo las estrellas. Billie Jean y la conciencia en tres actos: organización, identidad y e

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Nov 7, 2025
  • 6 min read







Billie Jean y la conciencia en tres actos: organización, identidad y épica






I. El fuego



El fuego crepita.

Hace cuarenta mil años, en una noche sin calendario, un grupo de humanos se reúne bajo las estrellas.

El aire es frío; el fuego tiembla.

Un anciano habla y las chispas suben como ideas encendidas.

Los demás escuchan.

En su voz resuena algo más que una anécdota: una forma de continuidad.

Cada palabra organiza el miedo, traza un mapa invisible del mundo, transforma el caos en relato.


El fuego no solo calienta el cuerpo: calienta la mente.

A su alrededor nació la narración —el modo que encontró la conciencia humana para ensayar futuros, metabolizar pérdidas y sostener el sentido.

Somos descendientes de esos narradores: los tataranietos de quienes lograron mantener vivo el fuego mientras hablaban.

La historia era una herramienta de supervivencia.

Contar bien una experiencia aumentaba las chances de que otro no repitiera el mismo error.

La narrativa fue, antes que arte, una tecnología de la cooperación.





II. Organización: la conciencia como estructura temporal



La mente humana se organiza en tiempo.

La neurociencia muestra que recordar, planificar y narrar activan las mismas redes corticales: la llamada “red del modo por defecto”, responsable de construir coherencia autobiográfica.

Lo que en biología es secuencia, en cultura es relato.


Ese patrón —inicio, nudo y desenlace— es universal.

De las epopeyas mesopotámicas al cine contemporáneo, el relato humano se articula como una onda que asciende, se tensa y encuentra reposo.

La estructura narrativa no es convención estética: es el reflejo de una forma de pensar adaptativa, la manera en que el cerebro convirtió el paso del tiempo en herramienta cognitiva.


Cuando el anciano hablaba alrededor del fuego, no solo transmitía un contenido; estaba modelando una sintaxis emocional: organizar el caos para que la tribu pudiera dormir en paz.





III. Identidad: el yo como historia compartida



El yo es un relato.

Antonio Damasio lo llamó “el sí mismo autobiográfico”: la convergencia entre memoria, cuerpo y emoción.

Ricoeur habló de “identidad narrativa”: somos las historias que logramos contarnos y sostener en el tiempo.

Y Winnicott agregó una capa decisiva: el yo se construye en el espacio entre uno y otro, en la relación donde la experiencia encuentra eco.


En términos evolutivos, narrarse fue una forma de coordinar la vida en grupo.

Saber quién soy implicaba saber qué esperan los demás de mí.

La identidad emergió del vínculo, y el vínculo necesitó rituales compartidos para mantenerse.

De ahí nacieron la música, la danza, los símbolos.

El relato personal se volvió ritmo social.





IV. Épica: la emoción de pertenecer



La épica no es solo el canto de los héroes: es el momento en que el yo trasciende su frontera y siente que pertenece a algo mayor.

El fuego convertía ese instante en ceremonia; la tribu encontraba cohesión en el relato de sus orígenes.

Hoy lo llamamos cultura, pero su función es la misma: convertir el miedo en pertenencia.


Toda épica organiza la tensión entre deseo y advertencia, entre impulso y freno.

El mito de Ulises, las tragedias griegas, las canciones populares: todas son versiones del mismo código moral que mantiene unida a la especie.

La música, en particular, tiene una eficacia biológica: sincroniza respiraciones, hormonas, expectativas.

Es literalmente una herramienta de regulación social.





V. Billie Jean: el fuego eléctrico



Saltamos miles de años.

El fuego ahora vibra en parlantes, pantallas y pulsos de bajo.

“Billie Jean is not my lover…”

Una calle oscura, una historia de deseo, culpa y reputación.

En apariencia, un relato íntimo.

Pero en realidad, un ritual colectivo.


Billie Jean (1983) condensa las mismas funciones que las historias del Paleolítico:

organiza el caos emocional, reafirma límites, ofrece advertencia y catarsis.

La línea de bajo —regular, persistente— actúa como un latido ancestral.

El cuerpo responde antes que la mente: baila para procesar una tensión moral.


La canción, como artefacto cultural, no solo expresa una historia: ordena la biología.

Su ritmo activa el sistema dopaminérgico del placer y, simultáneamente, la amígdala y la corteza prefrontal: atracción y control, deseo y freno.

Esa dualidad —la música sexy y la advertencia implícita— reproduce la dialéctica que mantiene a la especie cohesionada.





VI. El deseo y el límite



El deseo es un lenguaje antiguo. Antes de que existiera la palabra “amor”, el cuerpo ya sabía danzar en torno al fuego, buscando cercanía y ritmo compartido. Pero en cada sociedad, junto a la llama del deseo, nació también el círculo del cuidado: la necesidad de regular la atracción para proteger a los demás y a uno mismo.


En Billie Jean, esa tensión alcanza una forma casi perfecta. La canción vibra con una sensualidad inmediata: bajo pulsante, batería sincopada, respiración contenida. Todo invita al movimiento. Sin embargo, el relato que acompaña ese groove es una advertencia.

El narrador, atrapado entre la fascinación y la culpa, dice: “She says I am the one, but the kid is not my son.”

Es la voz de una civilización que aprendió que el deseo tiene consecuencias; que el placer sin conciencia puede generar daño.


En términos evolutivos, esta doble capa cumple una función adaptativa. La música activa el sistema límbico —dopamina, placer, conexión— pero la letra estimula la corteza prefrontal: el área del juicio, la anticipación, la regulación.

El cuerpo se enciende, pero la mente aprende a modular.

La canción enseña sin moralizar: inscribe la ética del deseo dentro del placer mismo.


Billie Jean protege simbólicamente a la mujer y al niño —no desde la censura, sino desde la empatía—. Reconoce el magnetismo erótico como fuerza vital, pero recuerda el costo de la irresponsabilidad.

Así, el pop cumple la función que en las tribus antiguas tenían los mitos sobre Eros y los tabúes del fuego: mostrar que el impulso debe convivir con el límite para que la comunidad sobreviva.


Por eso la canción conmueve tanto: porque despierta y advierte al mismo tiempo.

En la pista de baile, millones de cuerpos encarnan ese dilema evolutivo: disfrutar sin destruir.

El ritmo enseña lo que la palabra apenas puede decir: que el amor y la responsabilidad son dos formas del mismo pulso.





VII. La conciencia en tres actos



Podemos pensar la conciencia humana como una escala Onibachi —una melodía que asciende y desciende, con tres movimientos evolutivos:


  1. Organización: el fuego y la palabra crean estructura; el caos se vuelve comprensible.

  2. Identidad: la historia se encarna; el yo emerge como relato socialmente compartido.

  3. Épica: la emoción colectiva trasciende al individuo; el grupo se reconoce en la melodía común.



La música y la narrativa comparten esta forma: anticipan, tensionan, resuelven.

Ambas enseñan a esperar.

Ese “intervalo” —la distancia entre expectativa y resolución— es donde nace la conciencia: el espacio donde la vida se da cuenta de sí misma.





VIII. El artefacto cultural como cerebro extendido



Andy Clark y David Chalmers propusieron que la mente no termina en la piel: se extiende en los objetos que usamos para pensar.

Una canción, un mito o una historia filmada son partes del sistema cognitivo humano.

Cada artefacto cultural almacena patrones de conducta, lecciones emocionales, modos de supervivencia.

En términos antropológicos, el arte es una memoria distribuida.


Billie Jean, como los mitos antiguos, cumple una función homeostática: equilibra excitación y prudencia, impulsa a moverse y a reflexionar.

El arte pop, entonces, no es un subproducto del mercado, sino una expresión tardía del mismo impulso que nos reunió alguna vez alrededor del fuego.





IX. La continuidad del fuego



La humanidad moderna enciende otros fuegos: las pantallas, los escenarios, los dispositivos.

Pero la lógica sigue siendo la misma: reunir cuerpos en torno a una fuente de luz y sonido para sincronizar emociones.

Cada concierto, cada video viral, cada historia compartida repite el gesto original.

Nos contamos, nos cantamos, nos recordamos.


La neurociencia social lo confirma: la sincronía rítmica aumenta la cooperación y la empatía.

El arte es, literalmente, un estabilizador evolutivo.

Nos salva de la entropía emocional.





X. Epílogo: el fuego que se disuelve



Imaginemos que volvemos a esa noche ancestral.

El fuego aún crepita, pero ahora su luz se mezcla con la del siglo XXI.

El bajo de Billie Jean vibra bajo las estrellas.

En algún punto del tiempo, el anciano que narraba y el artista que baila son la misma figura: la conciencia humana intentando organizar la intensidad de estar viva.


Somos Homo narrativus: descendientes de quienes supieron transformar el miedo en relato, la energía en ritmo, la culpa en danza.

Cada canción que sobrevive cumple la misma función que una historia contada al calor del fuego: mantenernos juntos, recordarnos que sentir no es una amenaza, sino la manera en que la vida se orienta.


Y cuando el sonido se apaga, queda el resplandor —una paz simple, optimista, que se disuelve sobre sí misma.

Porque, al final, el fuego no se apaga: cambia de forma.




(Fin)

 
 
 

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© 2025 by Marcelo Gallo de Urioste, Licenciado en Psicología. 

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