
Harpo Marx, Peter Capusotto y el Ello freudiano
- Marcelo Gallo
- Jan 10
- 3 min read
El cuerpo que desarma al lenguaje
1. El Ello: lo que no pide permiso
En la segunda tópica freudiana, el Ello no razona, no explica, no argumenta.
Desea. Irrumpe. Se mueve antes de pensar. Es pulsión sin sintaxis.
No habla: actúa.
No persuade: interrumpe.
No justifica: aparece.
Y cuando el Ello irrumpe en escena, suele hacerlo a través del cuerpo, del gesto, del ruido, del absurdo.
Ahí es donde aparecen Harpo Marx y Peter Capusotto como dos figuras inesperadamente hermanadas: artistas que hacen del Ello un dispositivo estético.
2. Harpo Marx: el Ello mudo
Harpo no habla.
Toca la bocina. Corre. Rompe objetos. Se roba cosas. Se mete donde no debe. Interrumpe ceremonias, diálogos, contratos, discursos de autoridad.
Mientras Groucho representa el Yo verbal, cínico, hiperintelectual, Harpo es su reverso:
el cuerpo que no negocia con el lenguaje.
Harpo es puro acto.
No explica por qué hace lo que hace. Lo hace.
Desde una lectura freudiana, Harpo encarna:
La descarga pulsional sin mediación simbólica.
La lógica del placer inmediato.
La desorganización del orden social a través del juego.
No es violento en sentido destructivo: es anárquico libidinal.
Su violencia es la del niño que se mete en un protocolo adulto y lo vuelve ridículo sin necesidad de discurso político.
Harpo no discute con el Superyó.
Simplemente no lo reconoce.
3. Capusotto: el Ello argentino, politizado y paródico
Peter Capusotto hace algo distinto pero estructuralmente similar:
pone en escena formas grotescas del deseo, la agresión, el narcisismo, la pulsión de poder, la miseria simbólica.
Personajes como:
Pomelo (narcisismo inflado, pulsión de goce sin responsabilidad),
Bombita Rodríguez (goce ideológico sin reflexión),
Violencia Rivas (agresión moralizante como descarga),
Micky Vainilla (racismo y clasismo puestos en caricatura obscena),
funcionan como escenificaciones del Ello colectivo.
Capusotto no moraliza directamente.
Exagera hasta que el Ello se vuelva visible.
Donde Harpo es mudo, Capusotto es verborrágico:
pero no para explicar, sino para desbordar.
En ambos casos, el mecanismo es el mismo:
sacar a la superficie aquello que normalmente queda reprimido bajo formas civilizadas.
4. El humor como vía de retorno de lo reprimido
Freud lo dijo con claridad: el chiste, el absurdo, el humor son mecanismos privilegiados del retorno de lo reprimido.
Harpo:
hace estallar el orden con el cuerpo,
interrumpe ceremonias, contratos, escenas de autoridad.
Capusotto:
hace estallar el sentido con la palabra grotesca,
interrumpe discursos ideológicos, estéticos, morales.
Ambos producen un mismo efecto:
descolocan al Yo y dejan al Superyó sin palabras.
Reímos porque algo prohibido se dice o se hace sin pagar el costo simbólico.
La risa no es solo placer:
es alivio de la represión.
5. Cuerpo vs. Ideología: dos formas del Ello
Harpo Marx
Peter Capusotto
Ello corporal
Ello discursivo
Pulsión muda
Pulsión parlante
Desorden físico
Desorden simbólico
Infantil
Cultural
Anarquía del gesto
Anarquía del sentido
Harpo rompe objetos.
Capusotto rompe significados.
Harpo se mete en una fiesta burguesa y la arruina.
Capusotto se mete en el rock, la política, la clase media, la corrección moral… y los vuelve grotescos.
Ambos hacen lo mismo:
revelan que el orden social es una puesta en escena frágil.
6. El Ello como crítica cultural
Lo interesante es que ni Harpo ni Capusotto hacen “crítica” en el sentido académico.
No explican.
No predican.
No educan.
Exponen.
Y en esa exposición, el Ello se vuelve político sin proponérselo:
Harpo revela lo arbitrario del protocolo.
Capusotto revela lo ridículo de la ideología cuando se absolutiza.
Ambos muestran que detrás del discurso civilizado siempre hay pulsión, deseo, agresión, narcisismo, goce.
No combaten al poder con argumentos.
Lo desarman por exceso.
7. El Ello que no se integra… vuelve como farsa
Desde una lectura clínica, podríamos decir:
Cuando el Ello no encuentra canales simbólicos de expresión,
vuelve como:
violencia,
acting out,
fanatismo,
narcisismo grotesco,
moralismo agresivo.
Capusotto no inventa sus personajes:
los saca del inconsciente cultural argentino.
Harpo no inventa el caos:
lo pone en escena como juego.
Ambos proponen una forma más saludable de tramitar la pulsión:
la risa como sublimación encarnada.
8. Epílogo: reírse del Ello para no ser poseído por él
Freud nunca pensó el Ello como algo a erradicar, sino como algo a integrar.
El problema no es que exista:
el problema es cuando gobierna sin ser visto.
Harpo lo muestra sin palabras.
Capusotto lo nombra sin solemnidad.
Y en esa operación hay algo profundamente terapéutico:
Reírse del Ello es empezar a reconocerlo como parte de uno mismo.
No negarlo.
No actuarlo ciegamente.
Sino verlo, exagerado, ridículo, humano.
Como un espejo deformante que, paradójicamente, muestra más verdad que cualquier discurso serio.

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