
El cerebro no fue hecho para comentar en Instagram: Humor, contexto y lo imposible de no herir a alguien
- Marcelo Gallo
- Aug 5, 2025
- 3 min read
Por Coco Gallo – Revista COCO
Imaginá que estás en un bar con amigos. Vas a contar un chiste. Pero antes de abrir la boca, tu cuerpo ya está trabajando. Tu cerebro escanea automáticamente el entorno: ¿quiénes están cerca? ¿Qué edad tienen? ¿Cuál es el clima emocional del lugar? ¿Parece un ambiente más relajado o tenso? ¿Cómo están vestidos los otros? ¿Qué música suena?
Tu sistema nervioso central, sin que lo sepas, está evaluando los riesgos y oportunidades sociales para saber si ese chiste sobre política, religión o tu ex es oportuno… o una bomba. La teoría de la mente —capacidad de imaginar los estados mentales ajenos— se activa, junto con regiones cerebrales como la corteza prefrontal medial, el surco temporal superior y las redes de empatía interoceptiva.
Y entonces, hablás.
Ahora trasladá esa escena a Instagram. Ya no estás en un bar. No ves las caras. No oís las risas. No sabés si estás rodeado de gente que te conoce o de completos extraños. No sabés si te leen personas de 15 o de 60 años. De tu país o de otro. De tu época mental… o de otra.
Y sin embargo, comentás igual.
El colapso del marco compartido
Uno de los errores más comunes en las redes sociales es suponer que hay un marco común. Que el otro “va a entender” lo que quise decir. Que va a captar el tono, la ironía, el contexto, el código.
Pero no hay código compartido.
Y no sólo por espacio —diferencias geográficas, culturales, generacionales— sino también por tiempo. Un chiste que hace cinco años provocaba risas, hoy puede ser leído como un ataque, una burla cruel o una forma de violencia simbólica. No hace falta que cambie el público: cambió el tiempo cultural.
Y nuestras neuronas espejo, nuestras redes de empatía, nuestras funciones ejecutivas… no están preparadas para eso.
Como señalan Hasson y colegas (2012), la comunicación efectiva depende de un acoplamiento neural entre emisor y receptor. Ese acoplamiento ocurre mejor en interacciones sincrónicas, donde hay feedback constante. En redes sociales, ese acoplamiento se rompe. No hay simultaneidad, no hay pistas sensoriales, no hay oportunidad de reparar.
Lo imposible sería que nadie se ofenda
Y entonces llegamos al núcleo de este texto.
Lo que ocurre no es un error. Es estructural. Lo imposible no es que haya gente ofendida: lo imposible sería que no la haya.
Cuando hacés un comentario en Instagram, tu audiencia potencial es una superposición infinita de mentes dispares. Puede leerte alguien que comparte tu humor… o alguien que lo asocie con una herida personal. Alguien que entiende la ironía… o alguien que lucha contra las formas de comunicación indirecta porque le recuerdan la manipulación emocional. Alguien que piensa en 2025… o alguien que sigue leyendo el mundo con valores de 2005. No podés anticiparlo. Nadie puede.
No hay sistema cognitivo humano capaz de prever todas las posibles interpretaciones de un mensaje en redes sociales. El lenguaje se convierte, así, en un cuchillo lanzado al aire: da vueltas, flota, parece inofensivo. Pero tarde o temprano va a caer. Y lo más probable es que caiga sobre alguien.
Saturación sin saciedad
En paralelo, las redes sociales generan una simulación de vínculo que excita pero no calma. Como la comida ultraprocesada: rica en sabor, pobre en nutrientes. La interacción dopaminérgica existe: cada like, cada notificación, cada comentario recibido genera una microdescarga de recompensa. Pero esa dopamina no se integra a un circuito afectivo más profundo: falta la oxitocina del encuentro humano, la serotonina del cuerpo en calma, la co-regulación de un silencio compartido.
Así como la comida chatarra no sacia, las redes sociales no satisfacen la necesidad de conexión auténtica. Nos quedamos llenos y solos. Estimulados y vacíos.
Y en ese vacío, cualquier estímulo negativo —un malentendido, una ironía fallida, un comentario leído con otro lente— se convierte en el combustible perfecto para el enojo.
No es un problema de buenos modales
Ser más consciente, practicar mindfulness, escribir con más cuidado… todo eso puede ayudar, claro. Pero no alcanza. Porque el problema no es sólo de intención. Es de sistema.
Las redes sociales están diseñadas para amplificar el impacto, no para preservar el matiz. Para maximizar el alcance, no la comprensión. Para generar fricción, no entendimiento.
Pretender que funcionen como un espacio de socialización sano es como querer que una hamburguesa de plástico nos devuelva el sabor de un asado compartido.
Lo imposible no es que alguien salga herido. Lo imposible sería que no suceda.
Referencias:
Hasson, U., Ghazanfar, A. A., Galantucci, B., Garrod, S., & Keysers, C. (2012). Brain-to-brain coupling: a mechanism for creating and sharing a social world. Trends in Cognitive Sciences, 16(2), 114–121.
Mobbs, D., Greicius, M. D., Abdel-Azim, E., Menon, V., & Reiss, A. L. (2003). Humor modulates the mesolimbic reward centers. Neuron, 40(5), 1041–1048.
Naccache, L. (2006). Le nouvel inconscient: Freud, Christophe Colomb des neurosciences. Odile Jacob.

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