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Cuando el miedo introduce un límite

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Dec 16, 2025
  • 6 min read

Psicodelia, sistema neuronal por defecto, rumiación, ilusión y la función del freno entre cuerpo, narrativa y cultura




Existen experiencias subjetivas que no vienen a producir sentido ni a enriquecer el campo de la interpretación. No iluminan, no revelan, no organizan relatos coherentes. No traen geometrías sagradas ni epifanías exportables a redes sociales. Su función no es explicar, sino detener.


El miedo intenso —tal como aparece en ciertos bad trips psicodélicos, en crisis de pánico profundas o en situaciones límite vinculadas al consumo— rara vez es recordado como una enseñanza. Permanece, más bien, como una experiencia de borde, un punto de saturación, un “hasta acá” vivido en el cuerpo, en la percepción del yo y en la relación con el propio pensamiento.


En la clínica contemporánea, estas experiencias no pueden ser leídas únicamente como accidentes, fallas del método o errores individuales. En sujetos atrapados en dinámicas de rumiación obsesiva, consumo problemático o goce compulsivo, el miedo puede cumplir —de manera ambigua, rudimentaria y transitoria— una función de freno.


Este texto propone una lectura integradora —psicoanalítica, neurocientífica y antropológica— que sostiene una hipótesis central:

👉 el miedo puede operar como una función de límite, análoga (aunque no equivalente) a la función del Nombre-del-Padre (Lacan), al introducir una detención allí donde el sistema psíquico ha perdido capacidad de autorregulación, especialmente cuando el cuerpo queda momentáneamente inhabilitado como regulador.


No como terapia.

No como vía de integración en sí misma.

Sino como corte.





No es el exceso: es la ausencia de límite



Una observación clínica persistente es que muchos cuadros de consumo problemático y pensamiento obsesivo no se caracterizan por el caos, sino por una organización rígida, reiterativa y autorreferencial.


  • beber para calmar → beber para no sentir → beber para sostener una identidad

  • pensar para resolver → pensar para prevenir → pensar para no detenerse



La rumiación no es confusión cognitiva, sino insistencia (Freud, 1914).

El consumo no es desorden, sino ritualización.


Desde el psicoanálisis, estas configuraciones pueden pensarse como circuitos de goce sin límite suficiente, donde la repetición no encuentra una instancia simbólica que introduzca una falta estructurante (Lacan, 1957–58). El problema no es la intensidad del impulso, sino la ausencia de un operador que permita decir no desde dentro del sistema psíquico.


Aquí es donde la función del Nombre-del-Padre —entendida no como figura autoritaria ni normativa, sino como operador simbólico que introduce la ley, la falta y la regulación del deseo— aparece debilitada, desmentida o directamente no inscripta.





El sistema neuronal por defecto: narrativa sin cuerpo



Para comprender por qué la psicodelia tiende, más tarde o más temprano, a desembocar en un punto de miedo o desorganización, resulta indispensable incorporar una capa neurocientífica: el Sistema Neuronal por Defecto (Default Mode Network, DMN).


El DMN es una red cerebral que se activa predominantemente cuando el sujeto no está orientado a una tarea externa concreta y se encuentra inmerso en procesos de:


  • autorreferencia

  • memoria autobiográfica

  • proyección futura

  • rumiación

  • construcción narrativa del yo



(Raichle et al., 2001; Northoff et al., 2006).


En condiciones habituales, el DMN se regula dinámicamente gracias a la interacción con:


  • la actividad sensoriomotora

  • la interocepción

  • la orientación atencional hacia el entorno



El cuerpo funciona, así, como ancla regulatoria de la narrativa. El pensamiento no gobierna solo: se modula en relación con la experiencia corporal.





Psicodelia y desorganización de la mediación corporal



Uno de los efectos más potentes —y menos romantizados— de muchas experiencias psicodélicas es la desorganización de la mediación corporal.


No se trata únicamente de cambios perceptivos o cognitivos, sino de una alteración más profunda:


  • distorsión de la propiocepción

  • debilitamiento del control motor fino

  • alteración del ritmo corporal

  • pérdida de referencias interoceptivas confiables



En términos clínicos, puede decirse que el cuerpo queda parcialmente inhabilitado como regulador.


Cuando esto ocurre, el DMN no se apaga. Por el contrario: queda hiperactivo, pero sin el contrapeso somático habitual. El resultado no es silencio mental ni claridad, sino captura por narrativas automáticas.


Narrativas de amenaza.

Narrativas de pérdida de control.

Narrativas de disolución del yo.


La experiencia deja de ser modulada por el cuerpo y pasa a ser leída casi exclusivamente por el relato.





El susto no es un accidente: es estructural



Desde esta perspectiva, el “susto” que aparece en muchas experiencias psicodélicas no es un error del proceso ni un defecto individual. Es estructural.


Cuando el sujeto:


  • pierde regulación corporal

  • ve limitada su agencia

  • no puede modular su atención



se enfrenta a un límite fundamental:

la imposibilidad de manejar plenamente la propia mente y el propio cuerpo.


Ese límite no se presenta como idea filosófica ni como insight cognitivo. Se presenta como vivencia intensa, muchas veces angustiante. El miedo emerge cuando colapsa la ilusión de control.


En ese punto, la psicodelia cumple una función ambigua pero efectiva: introduce un freno donde la palabra no estaba logrando operar.





Dos registros del miedo: lo insimbolizable y lo simbolizable



Aquí resulta clínicamente crucial distinguir dos capas de la experiencia.



El miedo insimbolizable



Existe un núcleo de miedo que permanece no representable, no narrativizable, no antropomorfizable. Es afecto puro, del orden de lo real (Lacan, Seminario XI). No se organiza en imágenes ni en palabras. No enseña. No explica. Detiene.


Este miedo no puede integrarse plenamente. No puede traducirse a lenguaje sin pérdida. Su función no es producir sentido, sino poner un límite por saturación.



El miedo simbolizable



Junto a este núcleo, suele emerger una segunda capa donde el sistema narrativo intenta reapropiarse de la experiencia. Aparecen voces, figuras, entidades, presencias. Aquí se produce un proceso de antropomorfización del miedo.


Este registro sí entra en el campo del símbolo.





Demonios, deidades y voces: la mediación cultural del límite



La forma que adoptan estas figuras no es arbitraria. Está profundamente mediada por el entramado cultural del sujeto.


Desde la antropología simbólica (Lévi-Strauss, 1962; Eliade, 1957), sabemos que una misma experiencia afectiva puede ser interpretada como:


  • demonios en contextos judeocristianos

  • espíritus en cosmologías animistas

  • deidades en sistemas religiosos estructurados

  • partes internas o contenidos inconscientes en lenguajes terapéuticos contemporáneos



Esta simbolización cumple una función ambivalente: permite una primera inscripción narrativa del límite, pero también puede cristalizar interpretaciones rígidas o persecutorias si no existe acompañamiento clínico y distancia crítica.





Repetición, adicción al proceso y toxicidad



Un punto central —frecuentemente omitido— es que no solo puede desarrollarse dependencia a una sustancia, sino adicción psicológica al proceso: a la intensidad, al colapso, a la vivencia extraordinaria.


La repetición de experiencias psicodélicas intensas puede producir:


  • sensibilización al estrés

  • aumento de disociación

  • fragmentación del self

  • deterioro de la regulación emocional



(Carhart-Harris & Friston, 2019).


Aquí aparece una advertencia ética y clínica clara:

👉 el método que introdujo el límite no es el método que permite sostenerlo.





La insostenibilidad del método: exagerar la vivencia refuerza la ilusión



Existe, además, una razón estructural por la cual la psicodelia resulta insostenible como vía regulatoria a largo plazo.


La ruptura del patrón se produce a través de la exageración de la vivencia, llevándola a un punto intensificado, muchas veces alucinatorio. Esta estrategia no debilita el apego a la experiencia subjetiva: lo refuerza.


Las emociones no se relativizan: se magnifican.

Las narrativas no se suspenden: se vuelven vívidas.

El yo no se disuelve de manera estable: se vuelve el centro de una experiencia extrema.


El riesgo no es solo la desorganización, sino una forma más sutil de captura: la creencia de que lo sentido o lo visto contiene una verdad última.





Disciplina versus exageración: zen y estoicismo



Aquí emerge un contraste profundo con tradiciones como el zen y el estoicismo.


Estas disciplinas no buscan romper el patrón por shock, sino debilitarlo por desidentificación progresiva.


En el zen:


  • las emociones son fenómenos transitorios

  • el yo es una construcción ilusoria

  • la experiencia no se toma como revelación, sino como contenido a observar



En el estoicismo:


  • las emociones son representaciones, no hechos

  • el juicio es el verdadero objeto de trabajo

  • incluso el yo es sometido a examen



Ambas tradiciones coinciden en un punto esencial:

la regulación no se logra sintiendo más fuerte, sino creyendo menos literalmente en lo que se siente.





Prácticas simbólicas sostenibles: entrenar el freno sin colapsar



Prácticas como:


  • el zen

  • la meditación trascendental

  • disciplinas contemplativas encarnadas

  • terapias basadas en atención y compasión (ACT, CFT)



no inhabilitan el cuerpo. Lo fortalecen como regulador. Reducen la hiperactividad del DMN de forma gradual y reinstalan un equilibrio entre atención, cuerpo y narrativa.


No fuerzan el susto. Lo reemplazan por disciplina.





Cierre



La psicodelia no conduce al miedo por error, sino por estructura.

Al desorganizar el cuerpo, expone al sujeto a la tiranía de sus narrativas automáticas.

El susto emerge cuando se vuelve evidente el límite del control mental sin anclaje corporal.


Ese miedo puede frenar.

Pero la integración requiere otros caminos.


No se trata de volver una y otra vez a lo extraordinario,

sino de aprender a no confundir la intensidad con la verdad.





Bibliografía (APA)



 
 
 

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