
¡Mandate! : Arrojarse hacia adelante
- Marcelo Gallo
- Aug 1, 2025
- 2 min read
La voz de Cositorto crece. No grita: se eleva como si se inflara con el mismo aire que hacen vibrar los estadios, los templos y los púlpitos de las nuevas religiones.
Sus frases no piden análisis. Piden fervor.
En simultáneo, un jugador de rugby —juvenil, fornido, ojos desenfocados por la fiebre del partido— recibe la pelota en su propio campo. Mira de reojo al costado: todos están quietos por un instante, como si el mundo esperara su decisión.
Y entonces arranca.
Cositorto apunta con el dedo, gira sobre sus talones, gesticula como un predicador alienígena frente a un mar de apóstoles corporativos. Les dice que “están naciendo de nuevo”, que “todo se puede si lo decidís”, que “el universo obedece a los valientes”.
Mientras tanto, el rugbier esquiva al primer rival. Un amague. El otro retrocede.
Corre. No piensa. No calcula. Corre como si la salvación estuviera al final de ese campo.
Cositorto habla de libertad financiera. De academias de coaching. De criptomonedas consagradas por la vibración del alma.
Y cada palabra suya se transforma en una promesa que otro repite.
Y otro.
Y otro más.
El jugador se lanza en diagonal. Cruza la mitad de cancha. La tribuna grita. Siente que puede. No por técnica, ni por estrategia: por impulso. Por instinto. Por fe.
Cositorto ya no distingue lo que dice de lo que cree. Ha hablado tanto que su relato es un casco que lo protege de la duda.
Sabe que lo persiguen, pero sigue dando charlas.
Desde aeropuertos, autos en marcha, hoteles con luces frías.
Se conecta por Zoom con los últimos fieles.
Sabe que va cayendo. Pero cae hacia adelante.
Como si en la velocidad misma estuviera la verdad.
El jugador ve la línea del try. Casi no la ve: la intuye.
Sus piernas ya no responden. El último defensor salta sobre él.
Y él, sin pensar, se zambulle.
No sabe si va a llegar.
No sabe si lo van a frenar.
Pero se lanza igual, como si todo se definiera en ese instante de vuelo.
Como si su biografía entera se redujera a ese gesto.
Cositorto también vuela.
No con el cuerpo, sino con el delirio.
Se arroja en el aire de la retórica.
No importa si lo van a atrapar.
Lo importante es que nadie lo detenga antes de caer.
Epílogo
Quizás el try no valga.
Quizás la pelota se le haya caído antes.
Quizás el sistema colapse.
Pero hay algo que une al rugbier y al predicador:
ambos creen que, si corren con suficiente fe, el resto del mundo no podrá alcanzarlos.
Y por eso corren.
Y por eso caen.
Y por eso —aunque no lo digan— esperan que alguien, en algún rincón, los haya visto lanzarse.

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