
Afrontamiento activo ante la muerte: permanecer, pelear, entregarse, dejar huella
- Marcelo Gallo
- Dec 5, 2025
- 4 min read
Hay un momento en la vida —ojalá tarde, ojalá nunca— en que la muerte deja de ser la sombra filosófica de todas las conversaciones importantes y de golpe se transforma en un acontecimiento concreto, urgente, innegociable. No se la puede patear para el futuro ni convertir en metáfora. Hay un instante en que el cuerpo, la mente, la biografía y los vínculos quedan desnudos frente a lo que viene, y uno se pregunta:
¿Cómo encaro esto? ¿Cómo sigo siendo yo, incluso acá?
Ese es el corazón del afrontamiento activo ante la muerte inminente.
Y es un territorio donde cada persona elige, consciente o no, entre dos grandes caminos: con religión o sin religión. Pero la bifurcación real, la de fondo, no es esa.
La pregunta oculta es:
¿Me apoyo en la idea de continuidad o acepto que este es el final?
1. Con religión: cuando el final es apenas un cambio de forma
La religión, cualquiera que sea, invita a pensar la muerte como una puerta más que como una pared. No siempre es un consuelo, pero sí es un marco. Una continuidad.
Para quien sostiene una fe, la muerte no destruye la historia personal: la traslada.
No anula los vínculos: los transforma.
No corta el sentido: lo extiende más allá del cuerpo.
Es sorprendente cómo, en esas horas o días límite, ese marco ofrece algo tan básico y tan necesario: una narrativa donde ubicarse.
Frase tras frase, ritual tras ritual, la persona encuentra un lugar donde poner el miedo. Y el miedo, cuando tiene dónde descansar, deja de morder tan fuerte.
Hay algo profundamente humano en creer que uno no se apaga, sino que se incorpora a otra escena.
2. Sin religión: cuando la muerte es de verdad el final
Para quienes no creen en nada trascendente, la muerte es un hecho físico, no una promesa. Y esa certeza —que para muchos fue una forma de libertad durante la vida— puede volverse un territorio extraño cuando el final se vuelve inminente.
Pero también ahí aparece el afrontamiento activo.
El “esto es todo” no siempre lleva al vacío: muchas veces lleva a la intensidad.
A la urgencia por permanecer un rato más vivo.
A una conciencia casi luminosa de que los minutos tienen peso.
Hay tres movimientos típicos:
a) Afirmarse en la lucidez
Querer estar presente, decidir no nublarse, resistir la tentación de desaparecer antes de tiempo.
“Quiero ver esto hasta donde pueda.”
b) Afirmarse en los vínculos
Cerrar ciclos, decir lo pendiente, arreglar lo roto, agradecer lo dicho y lo no dicho.
No hay cielo: hay memoria compartida.
c) Afirmarse en la acción
Hacer pequeñas cosas concretas: ordenar una habitación, escribir un mensaje, dejar instrucciones, cocinar una última comida.
Mini rituales sin dioses, sin rezos, pero cargados de sentido humano.
El ateísmo, en este punto, se vuelve casi una ética:
Morir sin inventar un más allá. Morir siendo quien uno fue.
3. El desafío de “sin religión hasta el final”
Acá está el núcleo de lo que planteás:
¿Qué pasa cuando alguien quiere llegar al final sin espiritualidad en absoluto?
Para algunas personas esa coherencia es importante, casi sagrada (aunque no quieran llamarla así).
No ceder a lo trascendente es un acto de identidad. Un “no me muevo de donde estuve siempre”.
Y ese sostén, aunque parezca duro, puede dar paz.
Pero también puede ser una lucha.
Una lucha silenciosa contra el deseo humano —profundamente humano— de que algo de uno quede flotando después del último latido.
Porque incluso el más materialista, cuando la muerte se asoma, siente la pregunta:
¿Y ahora qué queda de mí?
La mente, que siempre trabajó con futuro, de golpe se queda sin horizonte. Y necesita inventar uno, aunque sea mínimo. Aunque sea sin dioses.
4. La otra trascendencia: la que no necesita fe
Lo notable es que incluso quienes no creen en nada terminan descubriendo que hay tipos de trascendencia no espirituales, pero igualmente válidas:
La trascendencia afectiva
Lo que dejás en quienes te quisieron.
Ese eco emocional que seguirá resonando en otras vidas.
La trascendencia narrativa
La historia que otros contarán de vos:
cómo amaste, cómo fuiste, dónde estuviste firme, dónde te quebraste.
La trascendencia ética
Lo que enseñaste con tu forma de vivir.
La trascendencia de la transferencia
Esos pequeños hábitos, frases o modos que ya viven en otros sin que se den cuenta.
La trascendencia mínima
El simple hecho de que alguien diga:
“Yo lo conocí.”
A veces eso alcanza.
Ninguna de estas formas requiere alma, ni cielo, ni reencarnación.
Solo requiere haber existido de manera tal que alguien quiera contarte.
5. ¿Qué significa afrontar activamente la muerte?
No es resignarse ni pelear. Es algo más elemental:
es elegir cómo se quiere vivir el tramo final.
La muerte, en ese momento, deja de ser una abstracción filosófica y se vuelve una especie de espejo crudo, donde uno ve su vida sin adorno.
Y en ese espejo, las personas suelen oscilar entre cuatro verbos:
Permanecer
No soltar la propia identidad.
Seguir siendo uno mismo.
Pelear
No por evitar la muerte, sino por sostener la manera en que uno quiere llegar a ella.
Entregarse
Soltar la resistencia y habitar el final con dignidad.
Dejar huella
No trascender como alma: trascender como impacto.
El afrontamiento activo es eso: una coreografía entre esos cuatro movimientos, que cada persona acomoda como puede, como sabe, como fue.
6. Una verdad incómoda pero liberadora
La muerte inminente no es solo el final de la vida: es la última oportunidad de ser coherente con la propia historia.
Quien creyó en un más allá, se entrega al tránsito.
Quien no creyó en nada, se aferra a lo que sí importa: el vínculo, la lucidez, la acción.
Quien resistió siempre la espiritualidad, sostiene hasta el final una forma de estar en el mundo que fue honesta consigo mismo.
Y aun así, todos —creyentes, agnósticos, ateos, anticlericales, espirituales sueltos— comparten algo:
la necesidad de que algo de ellos quede.
No por miedo.
Ni por gloria.
Sino porque la vida se vuelve más real cuando entendemos que es finita.
Y porque, al final, trascender no es vivir para siempre.
Es haber vivido de tal manera que alguien, en algún momento, piense en vos y sonría.



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