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El precio del amor: Poder materno, arquetipo de la madre devoradora y catarsis tolerable en Disney

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Feb 5
  • 4 min read

Introducción




Amor, desamparo y abuso: cuando el cuidado exige un precio



El amor constituye una condición de posibilidad para la vida psíquica. En la infancia temprana no es una elección, sino una dependencia estructural. Como señaló John Bowlby, el apego no es un lujo afectivo, sino un sistema biológico de supervivencia. Esta asimetría fundante vuelve al amor inherentemente ambivalente: allí donde hay cuidado puede haber control; donde hay protección, puede instalarse la exigencia.


El problema emerge cuando el vínculo amoroso deja de ser sostén y se transforma en condición. En términos clínicos, el daño no reside solo en la violencia explícita, sino en aquellas dinámicas donde el amor implica un costo subjetivo: te cuido si sos lo que necesito que seas. Donald Donald Winnicott describió este punto con precisión al diferenciar entre un ambiente “suficientemente bueno” —que permite la emergencia del self— y un ambiente intrusivo, que obliga al niño a organizarse defensivamente en función del otro.


Este conflicto aparece una y otra vez en mitos y relatos culturales. Carl Gustav Jung lo sistematizó bajo el arquetipo de la Gran Madre, una imagen psíquica universal que reúne polos opuestos: la madre nutricia y la madre terrible o devoradora. En Los arquetipos y lo inconsciente colectivo (1954), Jung señala que la Gran Madre puede ser “benéfica y aterradora, dadora de vida y devoradora”, y que su aspecto oscuro se manifiesta cuando la función protectora se vuelve posesiva y bloquea la individuación.


La madre devoradora no destruye por sadismo, sino por imposibilidad de soltar. Ama, cuida y protege, pero no tolera la separación. Desde esta lógica, crecer, diferenciarse o desear algo propio es vivido como amenaza. El peligro no es la agresión abierta, sino la fusión: existir solo en la medida en que no se deje de pertenecer.


Atacar esta figura de frente suele activar defensas intensas: idealización, negación, rechazo del relato. Por eso las culturas desarrollan estrategias simbólicas para hacer pensable lo impensable. Disney, como productor de mitología contemporánea, ha refinado estas estrategias hasta convertirlas en dispositivos narrativos de catarsis tolerable.





1. Externalizar para sobrevivir




La Sirenita

y la madre ausente



En La Sirenita, la madre no está. Esta ausencia cumple una función estructural: permite externalizar completamente el polo oscuro del arquetipo. El conflicto con el poder femenino se desplaza fuera del sistema familiar y se encarna en Úrsula.


Úrsula representa con claridad el aspecto devorador de la Gran Madre junguiana: ofrece satisfacción inmediata a cambio de algo vital. El contrato —“te doy lo que querés a cambio de tu voz”— hace explícito el precio del deseo. Jung advertía que el arquetipo materno negativo “seduce con promesas de plenitud a costa de la autonomía del yo”; Úrsula dramatiza esta lógica sin ambigüedad.


La ventaja narrativa y clínica es decisiva: el espectador no necesita defender a nadie. La catarsis es directa, proyectiva, segura. La madre queda preservada por su ausencia; el conflicto se elabora sin poner en riesgo el objeto más protegido del psiquismo. Para una audiencia infantil, esta forma permite reconocer el abuso sin confundirlo con amor.





2. El amor que confunde




Enredados

y el control disfrazado de cuidado



En Enredados, el conflicto se vuelve más cercano a la experiencia clínica real. La madre biológica está ausente, pero su lugar simbólico es ocupado por Madre Gothel. Aquí el poder no está afuera del vínculo, sino dentro.


Gothel no exige contratos explícitos; instala un discurso. No quita la voz, sino la confianza en la percepción propia. Este mecanismo coincide con lo que la psicología contemporánea describe como abuso relacional encubierto: el control se ejerce mediante el lenguaje del cuidado. Winnicott advertía que cuando el ambiente invade, el self verdadero se repliega y emerge un self falso adaptado a las demandas externas.


La ventaja de esta forma es su precisión psicológica. Permite al espectador reconocer dinámicas donde el daño no se vive como violencia, sino como deuda afectiva. Sin embargo, la narrativa mantiene una distancia protectora: Gothel no es la madre real. Esto preserva la posibilidad de identificación sin desbordar las defensas.


No hay reconciliación posible. Para que Rapunzel se individúe, Gothel debe caer. La historia refleja una verdad clínica dura pero frecuente: algunos vínculos no pueden transformarse; solo pueden interrumpirse.





3. Humanizar sin justificar




Encanto

y el poder sistémico



Con Encanto, Disney introduce una estrategia inédita. El poder materno no se externaliza ni se disfraza: habita el centro del sistema familiar, encarnado en Abuela Alma.


Aquí el conflicto no se plantea como individuo contra villana, sino como sujeto contra mandato. Abuela Alma no controla por crueldad, sino por trauma. Esta distinción es fundamental y está en línea con enfoques sistémicos y contextuales contemporáneos: comprender el origen del daño no equivale a justificarlo.


Jung sostenía que los complejos traumáticos tienden a repetirse inconscientemente hasta ser reconocidos. Encanto dramatiza este punto: el trauma fundacional organiza la familia, pero también la rigidiza. La catarsis se vuelve tolerable porque el espectador no tiene que elegir entre amar y criticar. Puede hacer ambas cosas.


La reconciliación es posible solo bajo una condición clara: la renuncia al control. No alcanza con el arrepentimiento emocional; se requiere un cambio estructural del sistema. Desde una perspectiva clínica, esta es la propuesta más madura de Disney: el amor puede sostenerse sin devorar, pero solo si acepta la individuación del otro.





4. Gradientes de catarsis y defensas del espectador



Las tres películas configuran un continuo de tolerancia emocional:


  • Externalización total (La Sirenita): catarsis simple, defensas mínimas.

  • Ambigüedad vincular (Enredados): catarsis intermedia, defensas activadas pero manejables.

  • Conflicto sistémico (Encanto): catarsis profunda, defensas atravesadas mediante complejidad y empatía.



En todos los casos, la figura materna es preservada simbólicamente, aun cuando el conflicto con su poder sea cada vez más explícito. Disney no elimina el problema; lo dosifica para que pueda ser pensado.





Conclusión



Las figuras de Úrsula, Madre Gothel y Abuela Alma no son variaciones anecdóticas, sino dispositivos narrativos evolutivos. Cada una traduce el mismo núcleo arquetípico —el precio del amor cuando el cuidado se vuelve posesión— a un lenguaje emocional que el espectador puede tolerar sin cerrar sus defensas.


Como toda buena mitología, estas historias no dictan respuestas, pero abren un espacio psíquico. Nombrar el costo del amor —aunque sea en forma de cuento— es el primer paso para recuperar la voz, diferenciarse y amar sin desaparecer.



 
 
 

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© 2025 by Marcelo Gallo de Urioste, Licenciado en Psicología. 

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