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**Después de la Pandemia:

  • Writer: Marcelo Gallo
    Marcelo Gallo
  • Dec 15, 2025
  • 7 min read

Cómo Quedamos “Encerrados” en Nosotros Mismos —Un Ensayo Cultural, Clínico y Social**


Hay una imagen poderosa que muchos recordamos de El Eternauta: la de los Manos, esos seres que cumplen funciones sin cuestionarlas, que se mueven eficientes, automatizados y sin presencia emocional. No son los grandes villanos; son operadores del sistema, comprometidos con tareas y ordenados por un miedo latente que nunca terminamos de ver del todo. Esa metáfora visual nos ayuda a interpretar una realidad más vasta: no solo qué nos pasó con la pandemia de COVID-19, sino cómo nos transformamos colectivamente desde adentro.



I. La Carga Invisible: Salud Mental y Aislamiento después de la Pandemia


Desde el inicio de la pandemia, la evidencia global mostró un impacto profundo en la salud mental de grandes segmentos de la población. La Organización Mundial de la Salud reportó que, en el primer año de la pandemia, la prevalencia de ansiedad y depresión aumentó alrededor de un 25% en todo el mundo, un salto sustancial en comparación con los niveles previos a COVID-19. (Organización Mundial de la Salud)

Investigaciones transversales en múltiples países encontraron rangos amplios de síntomas durante el pico de las restricciones —por ejemplo, ansiedad en hasta 50.9% de participantes y depresión en hasta 48.3% según diversos estudios que midieron estas variables con escalas validadas. (PMC)

Además, al considerar la soledad como experiencia subjetiva —donde la percepción de desconexión social se intensificó por el aislamiento— se observa que la falta de interacción significativa con otros no solo fue una condición durante los confinamientos, sino que muchos continuaron experimentando esa sensación tiempo después, afectando su bienestar emocional. (PMC)

Las medidas preventivas, necesarias para salvar vidas, también alteraron nuestras rutinas diarias y niveles de bienestar psicológico. Estudios argentinos previos al levantamiento de medidas rígidas mostraron que el aislamiento social preventivo y obligatorio estuvo asociado con malestar psicológico significativo en la población, incrementando sentimientos de soledad, ansiedad y estrés. (PSI UBA)

La literatura científica reciente subraya que estos cambios no son transitivos ni triviales: depresión y ansiedad continúan siendo condiciones reportadas con elevadas tasas en muchos países incluso después de que las restricciones estrictas terminaron, lo que sugiere un impacto persistente de la pandemia en nuestra biografía emocional colectiva. (PMC)



II. El Encierro Funcional: No es solo lo que hicimos, sino cómo lo sentimos


A menudo pensamos en el encierro como una condición física —estar en casa, limitar salidas, mantener distancia— pero la evidencia psicobiológica muestra que el impacto más duradero es el emocional y relacional.

El aislamiento social y la sensación de soledad no son sinónimos: una persona puede estar rodeada de gente y sentirse sola, o puede estar físicamente sola y sentirse conectada. Durante la pandemia, muchos experimentaron ambas formas de desconexión.

Por ejemplo, los estudios que distinguen aislamiento objetivo (poca interacción social real) de soledad subjetiva (sentimiento de desconexión) demuestran que ambos factores tienen efectos dañinos en la salud mental y pueden interactuar para exacerbar síntomas de depresión y ansiedad. (PMC)

Esta complejidad nos ayuda a entender por qué algunos indicadores de malestar emocional persistieron incluso cuando las restricciones fueron levantadas: el circuito social básico fue perturbado, y eso generó redes de experiencia interna —miedo, vigilancia, evitación, retraimiento— que no se desactivan automáticamente con el retorno a la “normalidad”.



III. De Manos a Humanos: La Metáfora que nos Interroga


En El Eternauta, los Manos se mueven bajo imperativos externos, con funciones claras, sin cuestionar la lógica del sistema que los emplea. La metáfora funciona porque, en nuestra experiencia post-pandémica, muchos nos convertimos en operadores funcionales de un mundo mediado digitalmente: nos movemos, trabajamos, consumimos y vinculamos sin sentir plenamente.

No significa que estemos “enloquecidos” o patológicamente separados de la realidad; significa que nos adaptamos —incluso aprendimos a generar bienestar— dentro de marcos que privilegian eficiencia operativa sobre presencia relacional.

La pregunta no es si estamos mejor o peor en términos absolutos.La pregunta es: ¿qué clase de presencia humana hemos normalizado?



IV. Trabajo Online: Entre Presencia y Desencuentro


La transición masiva al trabajo online ofreció beneficios objetivos: flexibilidad, protección sanitaria, ahorro de tiempo de traslado. Pero también alteró profundamente la estructura de nuestras interacciones cotidianas.Antes del confinamiento, el trabajo implicaba rituales sociales corporales: saludar, cruzarse con colegas, encuentros informales, pausas compartidas.Después, gran parte de ese entramado se reconfiguró a través de pantallas —interacciones mediadas, intensas pero solitarias, eficientes pero despojadas de contexto físico compartido.

La evidencia que diferencia aislamiento social (poca interacción cuantitativa) de soledad subjetiva (disminución de calidad relacional) ayuda a entender cómo muchas personas sintieron que el trabajo remoto, aun siendo funcional, término por exacerbar la sensación de desconexión emocional. (PMC)

Ese desplazamiento —de cotidiano social a transacción mediada— es parte de lo que nos deja “encerrados” en una forma de presencia donde no hay cuerpos compartidos, solo representaciones de cuerpos a través de pantallas.



V. Plataformas Digitales: Ludificación del Aislamiento


Más allá del trabajo, una serie de fenómenos culturales y tecnológicos contemporáneos parecen amplificar tendencias de aislamiento funcional y emocional:

  • Casino online: El juego digital ofrece estímulos constantes sin presencia física ni fricción social. Las recompensas se vuelven automatizadas, repetitivas, y muchas veces aisladas de un contexto comunitario.

  • Deliveries de todo tipo: Alimentarse deja de ser un acto social o incluso una excusa para salir; se convierte en una interacción mínima con el mundo, mediada por notificaciones y entregas sin rostro.

  • Pornografía online: Más allá de la moral, este consumo genera experiencias intimas unilaterales, donde el otro es representación, no presencia real, y la interacción no remite a reciprocidad emocional.

  • Videojuegos online: Si bien muchos videojuegos sí permiten cooperación y comunidad virtual, la naturaleza mediada, fragmentada y reversible de esas relaciones puede simular lazos sin incorporar completamente la experiencia encarnada del otro.


Todos estos fenómenos no son intrinsicamente “malos”.Pero se combinan con un contexto donde la

interacción cara a cara es menos necesaria para la vida funcional, y eso puede reforzar sentimientos de soledad y aislamiento emocional, incluso cuando uno “sigue conectado”.

La ciencia señala que la soledad —esa discrepancia entre la conexión deseada y la conexión real— es un predictor robusto de malestar psicológico a largo plazo. (PMC)



VI. El Miedo Funcional: Entre lo Real y lo Virtual


El miedo no se fue cuando se controló la pandemia.Se transformó.

Mientras que el miedo inicial era al virus, el miedo posterior es muchas veces:

  • miedo a perder conexión,

  • miedo al rechazo social,

  • miedo a ser reemplazado por otra interacción digital más eficiente,

  • miedo a estar “desconectado”.

En términos clínicos esta combinación —ansiedad basal más percepción de soledad— puede no alcanzar un diagnóstico formal de trastorno, pero representa un estado funcional de alerta sostenida que altera la calidad de vida. El miedo no desaparece, sino que se “encapsula” en las rutinas de la eficiencia mediada.

En vez de enfrentar incertidumbres humanas complejas, muchas personas encuentran más manejables las interacciones predecibles y medibles con máquinas, plataformas o representaciones digitales. Esto no es una conspiración, sino una respuesta evolutiva rudimentaria del sistema nervioso a la incertidumbre prolongada: buscar estructuras más simples, menos arriesgadas y más controlables.



VII. Soledad Crónica: Epidemia Silenciosa


Después de la fase más dura de la pandemia, estudios globales siguen reportando niveles elevados de depresión y ansiedad comparados con períodos anteriores al brote. (SpringerLink) Las pautas epidemiológicas indican que entre un 25% y un 30% de la población en múltiples países continúa reportando síntomas significativos de depresión y ansiedad, incluso varios años después. (PMC)

Este no es un mero retorno temporal de cifras estadísticas. Es una señal de que las condiciones relacionales y estructurales que organizan nuestras vidas —familiares, laborales, sociales— dejaron marcas duraderas en cómo nos vinculamos con el mundo y con los otros.

La soledad no es ausencia física de personas.Es sensación de desconexión afectiva real, algo que no se remedia simplemente volviendo a presencia física. La subjetividad y las expectativas de relación han cambiado también.



VIII. Más Allá de lo Patológico: Un Cambio de Época


No proponemos una narrativa epidémica moralizante. La pandemia no “nos enfermó” simplemente. Lo que ocurrió es algo más sutil: la estructura de la vida social y afectiva se reconfiguró. El encierro ya no es penoso ni dramático para mucha gente; es funcional, operativo, manejable.

Quizás la mejor metáfora no sea horror, sino transformación de la experiencia humana básica.

Los Manos de El Eternauta —aquellos operadores funcionales sin presencia emocional individual significativa— ya no son solo figuras de ciencia ficción. Funcionan como símbolo de la manera en que una gran parte de la población opera hoy: conectada pero emocionalmente aislada, eficiente pero vulnerable, activa pero no necesariamente presente.

El punto pivote no es si alguien tiene ansiedad o depresión:el punto es qué tipo de vida relacional estamos sosteniendo cuando la interacción social se vuelve cada vez más mediada, medible y, paradójicamente, emocionalmente menos significativa.



IX. ¿Qué Significa Volver a Humanidad Compartida?


Recuperar vínculos no significa rechazar lo digital, sino reaprender a usarlo sin que reemplace lo encarnado.

Significa:

  • espacios de encuentro cara a cara sostenidos y valorados

  • reconocimiento de la vulnerabilidad como parte de la vida relacional

  • límites saludables para formas de interacción mediadas

  • prácticas comunitarias que no estén orientadas solo al rendimiento o al consumo

El desafío no es rechazar la tecnología.Es hacer lugar para la presencia humana irreductible dentro de ella.


Conclusión


La pandemia no fue solo una crisis sanitaria. Fue un acelerador cultural que puso en evidencia algo que ya estaba emergiendo: un modo de estar en el mundo donde la presencia compartida, el contacto humano y la imprevisibilidad de las relaciones reales se volvieron menos necesarios para mantener nuestras funciones básicas.

Los Manos de El Eternauta no son extraterrestres:son espejos de una especie que aprendió a funcionar sin la vivencia relacional plena.


El encierro real no fue tanto físico como emocional —una reconfiguración funcional del miedo, la conexión, el sentido y la presencia.


Y eso exige, más que un diagnóstico clínico,una relectura profunda de cómo habitamos uno al lado del otro en un mundo cada vez más mediado, pero no necesariamente más conectado.


 
 
 

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